¿POR QUÉ LE TEMES AL MATRIMONIO?


matrimonio fin

Han pasado casi 14 años desde que dije sí en el altar. Recuerdo que antes de contestar afirmativamente tenía varios temores. Sentía mucha incertidumbre, quería tener total seguridad sobre la decisión que estaba por tomar, pero no había recibido una respuesta contundente de parte del Señor.

Sólo sabía que debía asumir una responsabilidad frente a la verdad de la Palabra de Dios y elegir de manera sabia. Ella cumplía todos los requisitos básicos de una buena mujer; sin embargo, era una decisión que no tenía reversa y yo necesitaba mucho más que una lista de buenas razones. Quería escuchar la voz de Dios (¡audible!) diciendo: “Esa es”.

No me viene a la mente ningún momento místico en el que por fin el Señor me respondió como yo necesitaba. Nunca recibí un correo o mensaje de voz con las palabras mágicas que me asegurarán que ella era la indicada.

El temor de la incertidumbre frente a la voluntad de Dios me siguió por mucho tiempo. Yo había elegido a una mujer extraordinaria, nuestros pastores estaban de acuerdo con la decisión, mis familiares aceptaron con mucho agrado y los de ella también –a excepción de mi suegro, quien no quería que su hija se casara tan joven, pero al final estuvo de acuerdo–.

Uno de los más grandes temores llegó al concluir las dos primeras charlas del curso prematrimonial. El primer día el pastor nos hizo una pregunta: por cuál razón llegaríamos a pedir el divorcio en algún momento, y al finalizar la segunda charla yo me encontraba paralizado. Nunca se me olvidan sus palabras: “si hay alguna razón por la que llegarían a pedir el divorcio, mejor no se casen. Piensen bien su decisión”.

A duras penas aguantaba estar allí sentado con todo el cúmulo de preguntas sin respuesta que me surgían, ¿y este señor me decía que no podía pensar en la posibilidad de un divorcio si las cosas no salían como esperaba? Las palabras de Jesús en Mateo 19 cobraron mucho sentido al pensar en esta propuesta.

Para Jesús, la pregunta que le hicieron los maestros de la Ley judía acerca del divorcio, se convirtió en el mejor pretexto para hablar del significado de la unión entre el hombre y la mujer, ese que Dios dispuso desde la creación. Mientras los expertos en la Torá contemplaban la posibilidad de liberarse de una mujer en la que se encuentra algo deshonroso (versos 3 y 7, comparar con Deuteronomio 24:1-4), Jesús pensaba en el principio (versos 4-6). Él recalcaba que aquel que unió al hombre y a la mujer en la creación, lo hizo para siempre; ya no hay manera de que esto deje de ser así.

La interpretación de Jesús acerca del pacto matrimonial reconoce que es una unión que nace en la mente de Dios, que él es quién le da el propósito y que por lo tanto sólo él puede disolverlo, con la muerte. Los discípulos respondieron: “Si así son las cosas, ¡será mejor no casarse!” (Verso 10), demostrando que dicha postura le genera temor a cualquiera.

En esos tiempos, yo temía perder autonomía. Mis años de juventud los viví tomando decisiones de manera independiente. A pesar de que Dios había llegado para dejarme claro que ya no estaba solo y que debía poner mi vida en sus manos, era muy complicado pensar en que otra persona se metiera en mis decisiones. El matrimonio implicaba perder libertad y en verdad eso me llenaba de terror.

En el libro de Génesis aparece un punto muy relevante que muestra la reflexión de Dios en cuanto a la soledad del ser humano. Dios consideró que el hombre necesitaba compañía y que esta debía ser una ayuda idónea, un complemento para él. Después de la escena en la que el hombre ve a los animales y no encuentra entre ellos a su complemento, Dios crea del mismo hombre a la mujer. Ella no había sido creada de la tierra, había salido de la carne y el hueso de Adán. Cuando el hombre ve a la mujer que Dios hizo para él, pudo exclamar que ella sí era lo que necesitaba.

La unión entre el hombre y la mujer no sólo nace en la mente de Dios, sino que es una demostración de su propósito para el ser humano: “no es bueno que esté solo”. La armonía del relato de Génesis demuestra que esta unión brinda un estado de felicidad, compañerismo, seguridad y  profunda intimidad.

Quizá nos llene de terror estar expuestos a un grado de intimidad tan profundo, pero recordar el propósito de Dios nos ayuda a entender que la unión matrimonial no nos quita libertad, sino que nos hace libres para compartir todo lo que somos con una persona creada para ser nuestro complemento.

Con los años sigo reflexionando en la Palabra del Señor. En su mente había un propósito con la unión entre el hombre y la mujer y, a pesar de que aquello genere grandes luchas al corazón caído, he podido abrazar en mi propia experiencia el significado precioso de ya no estar solo.

Los temores se fueron cuando pude crecer al lado de aquella que es mi complemento, mi compañía y una parte de mí mismo. No sé cuántos temores pueda haber en el corazón de un hombre a la hora de tomar su decisión frente al matrimonio, pero sí sé que Dios y su Palabra dan la seguridad de que dos son mejor que uno, y de que esos dos, increíblemente, llegan a ser uno por la gracia de Dios.

 

Fuente: http://www.worthradio.com/

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