Todos necesitamos una Comunidad

ComunidadDesde siempre necesitamos comunidad

Hace varios años, ya he perdido la noción de cuántos eran, el hombre hizo su aparición en la Tierra. No quiero entrar en discusiones sobre cómo llegó, quien lo trajo ni como comenzó sus buenos o malos hábitos. Pero me gustaría seguir la tradición judía y reflexionar sobre la importancia que tiene la comunidad para nosotros, seres que continuamente estamos en la búsqueda de pertenecer. Como decía una publicidad comercial: “Pertenecer tiene sus privilegios”.

Según el Génesis u Origen, Dios hizo al hombre solamente. Luego de buscar ayuda complementaria en los animales y de ponerle nombres a cada uno, el hombre sentía algo que realmente lo lastimaba: soledad. Es allí donde este libro nos dice algo desafiante y complejo: Dios se equivocó y dice: “No es bueno que el hombre esté solo”. Hasta ahora, Dios ha creado cada cosa: plantas, animales, planetas, cielo, mares, etc. al concluir su creación dice contento: esto que he realizado es adecuado, es bueno.

No obstante, luego de ver al hombre en su soledad afirma que eso “no es bueno”. Dios creando algo que no es bueno, esto puedo pararle los pelos a más de un religioso. Dios mira al hombre y dice “No es bueno”, ¿por qué dice algo así? ¿Por qué le gustan más las mujeres?

No se asusten amigos, Dios estaba enmarcando una de las mejores creaciones que ha realizado: la mujer. Pueden aplaudir señoras y señoritas. Pero cuidado, Dios nos estaba diciendo algo más profundo a hombres y mujeres por igual. Dios nos estaba diciendo que más allá de las individualidades, lo mejor que nos puede pasar en la vida es vivir en comunidad:

Se trata de un comentario radical acerca de la importancia fundamental que tienen las relaciones humanas. Dios hizo algo que no era bueno, al hombre solo. Para remediar esto le ofrece una mujer, para crear una comunidad.

Todavía no se había producido lo que generalmente llamamos “caída” y aun así Dios vio algo malo en la falta de comunidad. La soledad, el aislamiento de las personas no es bueno para Dios. Crea al hombre con un vacío que no puede llenar ni el dinero, ni los libros, ni los logros, ni la actividad, ni Dios mismo. Entonces Dios crea un sistema para cubrir esta necesidad, la comunidad. La conexión con otros, las relaciones auténticas y llenas de amor.

¿Por qué buscamos ser parte de una comunidad?

Porque está en nuestras venas, en nuestro diseño original y deseamos ser parte de una comunidad. Porque queremos experimentar el gozo de identificarnos con alguien, el deleite de que alguien te conozca y te amé, es oportunidad de dar y crecer, la seguridad de hallar un espacio de pertenencia. “Con tantos miles de millones de habitantes como tiene el mundo, alguien debería ser capaz de inventar un sistema en el que no haya nadie solitario”. Este sistema se llama la comunidad.

La comunidad como espacio para la desnudez

En ese tiempo el hombre y la mujer estaban desnudos, pero ninguno de los dos sentía vergüenza.

Adán ya no estaba solo, tenía su comunidad junto a Eva. Si volvemos a leer esta frase vemos una declaración que puede darnos la pista de una sana comunidad: “estaban desnudos, pero ninguno de los dos sentía vergüenza”. No tenían nada que esconder y eso produce placer, deleite. No había nada escondido, nada oculto, ningún secreto culpable que los separara. Eran vulnerables y su grado de entrega era el máximo. Eran plenamente conocidos, y plenamente aceptados también.

Cuando rompemos nuestras relaciones y escondemos quienes somos degenera nuestra percepción del otro, de uno mismo y de lo que nos rodea: nos vemos expuestos, vulnerables. Se rompe la comunidad. La ruptura se da al nivel de las relaciones. Es decir, la apariencia, las máscaras, las hojas de higueras, cubriendo lo que realmente somos. Y esto se transforma en un elemento vital para comenzar a desconocernos.

Por lo tanto, cuando nos desconocemos, o nos conocemos de forma incompleta, comenzamos a aceptarnos de forma incompleta

Dos tipos de comunidades

Comunidad rompetechos

Se cuenta que en cierta oportunidad, había un gran maestro que sanaba a los enfermos. La gente de empujaba y aprisionaba con tal de verlo y ser tocado por su mano. Enfermos de diferentes ciudades iban a verlos. Él viajaba de ciudad en ciudad beneficiando a la gente con salud.

Un grupo de amigos de una pequeña aldea se enteraron de esta visita del gran maestro. Cerca, a unos kilómetros estaría la oportunidad de ver un espectáculo de sanidad y milagros. Tomaron algunos víveres y salieron a la ruta para emprender su camino.

Ya en la ruta, caminando por el ripio, uno de los amigos se paró, como petrificado. Los demás le preguntaron qué le sucedía y mirando al cielo contesto: “Nos hemos olvidado del rengo”. Frente a esta declaración, loa amigos se tomaron la cabeza y se lamentaron. Volvieron rápidamente a la aldea y fueron inmediatamente a la casa del rengo. El rengo era paralítico desde pequeño y si no fuera por sus amigos vivirían dentro de su casa, casi abandonados.

Lo tomaron en su camilla y lo llevaron con ellos. Los amigos, nuevamente, habían pensado en el rengo. ¡Tenemos que llevarlo! No pensaron en ellos mismos.

Al llegar a la casa donde estaba el gran maestro, vieron que parecía casi imposible pasar por la puerta. Intentaron por las ventanas, sin embargo, el caudal de gente era tal que no había oportunidad de entrar de la forma convencional. Fue entonces que utilizaron su parte derecha del cerebro y salieron de su ortodoxia. Subieron con una escalara al techo y estando allí decidieron que los ladrillos no serían impedimento. Comenzaron a romper el techo. Golpearon, golpearon y golpearon. El dueño estaba furioso, pero ellos sabían lo que querían: el rengo debía ser sanado por el maestro.

Osados y creativos, estos amigos lograron hacer un agujero en el techo. El dueño, mientras tanto, llamaba a la compañía de seguros para ver el alcance de su póliza. El maestro estaba sorprendido por el fuerte compromiso de estos amigos por el rengo. La dureza del techo no los detuvo, su amor por su amigo era más fuerte que cualquier techo.

El maestro miró al joven paralítico y le dijo: “Toma tu camilla, vete a tu casa y no olvides nunca que hoy tu comunidad de amigos hizo una diferencia en tu vida”

El mayor don de este hombre inválido no eran sus piernas, eran sus amigos. Ésta era una comunidad donde la debilidad no era un obstáculo para ayudar.

Pensemos en un momento en esos rompetechos de nuestra vida, ¿quién es la persona cuya acción ha dejado huella en mi vida? Es bueno agradecer por estas personas que se transformaron en rompetechos para nuestro beneficio integral. Muchas personas están en sus camillas (o sobre aquello que los avergüenza o marca su debilidad), muchos tratan de esconderlas, porque pocos entenderían. La comunidad rompetechos es una comunidad que busca la sanidad y no marcar la vergüenza del otro.

Comunidad tirapiedras

El gran maestro de la historia anterior fue protagonista de esta historia también. En esta oportunidad, la comunidad con la que se encontró le traía una mujer, pero no con el objetivo de que la sanara, sino con la idea de que participara en su homicidio.

Era costumbre en esta aldea que, las mujeres que eran encontradas acostadas con otro hombre que no fuera su esposo, debían ser apedreadas hasta la muerte. Esta mujer fue encontrada en esta situación por dos o tres testigos. Esto era su condena y públicamente debía comparecer frente a los líderes morales de la aldea. Era obligación de los hombres mayores de 13 años tomar piedras y lapidar a la condenada.

En medio de esta situación, los hombres le pidieron opinión a este maestro. Al ver que no tomaba sus piedras y que escribía en el suelo con su bastón, los hombres se pusieron nerviosos y le dijeron al maestro: ¿No dicen nuestros libros sagrados que debemos matar a las mujeres que se acuesten con un hombre que no es su esposo?

Esta pregunta tenía una doble intención. Si decía que no debían lapidar a la mujer, lo condenarían por no cumplir con la ley del pueblo; si decía que había que matarla, todos se darían cuenta que no era tan buen hombre como parecía. Fue entonces que, mientras seguía escribiendo en el piso con su bastón, respondió a la pregunta con una afirmación que dejó a todos perplejos: “El que no tenga errores y crea que esté limpio de cualquier maldad, que tire la primera piedra”. Contundente dilema moral. En la aldea todos sabían que ninguno podía presumir de “intachable”.

Lentamente, cada hombre, desde el más viejo, hasta el más joven se retiró de la escena. La mujer, en el suelo, esperaba los piedrazos. Sin embargo, esa fue un día de segundas oportunidades. El maestro le tendió la mano, la ayudó a levantarse y le dijo: “Nos cometas errores que te lleven a estas situaciones. Hoy estuve aquí para salvarte, mañana no. Toma buenas decisiones”.

Ya estaban todos en sus casas y cenando, después de esta situación tan caótica, cuando uno de los pequeños de la aldea, no sabiendo leer y queriendo saber por curiosidad qué estaba escribiendo el maestro, le preguntó a su hermano mayor qué decía esas palabras. El hermano mayor, miró para todos lados y no hallando testigos cerca, le dijo: “El maestro escribió los nombres de todos los hombres que se habían acostado con la mujer y que estaban allí presentes con piedras en sus manos”. El pequeño perplejo volvió a preguntar: “¿y quiénes lo hicieron?”. A lo que el hermano mayor respondió: “los que se fueron y dejaron sus piedras en el suelo”. Confundido más aún, el niño dijo en voz alta: “Pero tú estabas allí y dejaste tu piedras”. En este momento el hermano mayor se levantó y se fue avergonzado.

Esta comunidad se mostraron como enemigos. Pensaron en ellos mismos y no en el otro. Buscaron exponer a la mujer de la forma más pública posible. Dejaron de verla como un ser humano. Fueron cobardes, buscaron sorprenderla en su error y le tiraron todas las leyes de la aldea. Tuvieron un fuerte compromiso en mostrar que ellos eran más “buenos” que la mujer.

Los rompetechos se dedican a salvar vidas, los tirapiedras a matar.

Muchos hemos sufrido en comunidades de tirapiedras. Donde el error era buscado casi morbosamente. Es allí donde uno se siente inseguro, no puede ser uno mismo, no puede darse a conocer por miedo a ser rechazado. En las comunidades tirapiedras uno no puede abrir su corazón, por temor a ser lastimado. Uno no puede ser vulnerable, porque la falta de amor y respeto nos invade, y nos hiere.

Pero debemos dar gracias a la vida, porque existen comunidades rompetechos. Personas que han invertido tiempo, dinero, consejos, escucha y muchas cosas más que nos han beneficiado. Osados amigos de la vida y del beneficio de los demás. Los rompetechos no nos ven como amenaza sino que ven nuestro potencial y nos acompañan a desarrollarnos. Porque su realización es que otro logren sus sueños. Deseo convertirme en un rompetechos para mis seres queridos y respaldarlos con una contribución, para que salgan caminando y agradezcan al cielo por eso.

Fuente: Especialidades Juveniles, (2014), Todos necesitamos una Comunidad, http://www.especialidadesjuveniles.com/recursos_articulo.asp?id=2640. Imagen: Google

Banner GRANDE